¡Agárrense muchá!

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Lo que no sabía cuando me apunté a recorrer los pedregosos caminos que conducen a las nueve comunidades de la Boca Costa, con el ingeniero agrónomo, el ingeniero civil, el herrero y las monitoras, es que íbamos a ir tanta gente en un pick-up de dos plazas. Ay… claro, ¿dónde le tocó a uno subirse?: en la palangana, ¡sí señor!. Bueno, pues adelante…

No sabía que el ingeniero conducía como un loco por caminos intransitables para cualquier conductor ibérico. Dice que así se dan menos brincos. Al comenzar cada trayecto decía “agárrese muchá, vos, no vayás a salir volando”. No recordaba unas sensaciones similares desde que monté en La Estampida de Port Aventura. Hasta un señor en moto nos llamó la atención. La atención que tengo ahora concentrada en apoyar, evitando el dolor, el magullado trasero y la agujeteada espalda sobre la silla.

Tampoco sabía que el impermeable, que tanta cofianza me infundía cuando empezó a tornarse gris el cielo, era completamente permeable. La primera tromba de agua cayó en la subida a la tercera escuela, en Panguiney. La gorra que me había prestado Mingo voló. Me cambié de camiseta y de calcetines. A la bajada, tras buscar unas cuantas piedras para que el carro pasara por un profundo agujero, cayó la segunda tromba. Segundo cambio de ropa.

Ya dije que venía a aprender más que a aportar. Estos días han sido un claro ejemplo. Ahora me son menos ajenos los nutrientes de la tierra, los grados de conservación del maíz, el frijol y el café, la nula competencia que existe entre los compradores de este último y, por tanto, lo poco que perciben los productores, las formas de cercar un terreno, las propiedades de algunas plantas medicinales, los tipos de techados, de pilas. Comimos una refacción que nos pedía a gritos el estómago de atol de haba y tamalitos de chipirín.


He visto mil carteles de alguna que otra organización empeñada en hacerse autopublicidad lobotomizante allá donde realiza sus proyectos. He hablado con maestros de dónde está España, cuánto se tarda en llegar, los idiomas que se hablan, de la dificultad de la mayoría de la población guatemalteca para estudiar o acceder a una beca, del engaño de algunas ONG’s en carne propia…
Volví a confirmar que lo del agua caliente en este mundo es un lujo y que encontrar en algunos sitios cena después de las 19 horas es un acto inútil.

Lo más soprendente ha sido comprobar el aislamiento de muchas comunidades, su organización en comités, su hospitalidad y su protección (para visitar una escuela nos tuvo que acompañar un comité de seguridad por tener que transitar un tramo en el que, incluso de día, hay personas que hacen cosas malas). Sorprendente también el maravilloso entorno que, aunque pegando botes y trastazos contra la palangana, se divisaba desde la pick-up. Precioso el río Nahualati.


Este proyecto de minigranjas y huertos escolares es muy pertinente, cuenta con el apoyo ilusionado de padres, madres, profes y profas… Incluso el alumnado aguarda impaciente el momento de plantar sus primeras hortalizas o recoger sus primeros huevos. Pocos de esos niños hablan castellano, pero no tengan duda de que el Madrid y el Barça son de sobra conocidos. Por cierto ¿conocen algún sitio tan espectacular para jugar al fútbol?

Visitamos: Paculam I, Paculam II, Panguiney, Chuisanto Tomás, Palacal, Xuisamayac, Tzampoj y otras dos escuelas que se han escapado a mis apuntes…

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