La mayoría de edad de las empresas transnacionales españolas

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Si hace algunos años, cuando era algo más joven, me hubiesen preguntado sobre qué era una empresa transnacional podría haber respondido a duras penas. Me tendrían que haber explicado qué significaba esa palabreja, “transnacional”, y sólo después habría sido capaz de poner algún ejemplo sacado de los medios de comunicación aunque sin llegar a relacionarlo directamente, salvo en muy contadas ocasiones, con el mundo que entonces me rodeaba.
Si en ese momento alguien me hubiese afirmado que una empresa española podría ser más “rica” que un Estado, simplemente no lo habría creído. 
Algo sucedió en los años noventa.
A principios de esta década Francis Fukuyama escribía su best seller El fin de la historia y el último hombre”. El mundo bipolar se desvanecía ante la irremisible caída del socialismo real. La época de las utopías había concluido, dejando  paso a un mundo cuyo sólido basamento lo constituían la política y economía neoliberales. El modelo de pensamiento único, de imposibilidad real de alternativas, configuraba lo que Fukuyama entendía como  “el fin de la historia”.
Ya en 1986  los distintos países europeos (o debería decir, para ser más exactos, los representantes electos de l@s ciudadan@s) firmaban, en su incansable búsqueda del bien común, el Acta Única Europea (AUE). Quedaba asentada, de esta manera, la primera piedra de una “Europa neoliberal” que asía sus pilares en la libre circulación de mercancías, capitales, servicios y personas[1]. La ratificación del Tratado de Maastrichpor parte de los Estados miembros significó un hito en esa construcción neoliberal de la vieja Europa. El mercado único comenzaba a imponer sus reglas y a partir de aquel año 1993 asistimos a una liberalización del sector servicios, a una reestructuración de las empresas públicas y a un proceso de fusión de empresas públicas y privadas. En España, el resultado más notable (desde el punto de vista empresarial) de estas transformaciones fue la aparición de los grandes grupos de acumulación de capital. Nacían entonces Repsol, Iberdrola, Unión Fenosa, Gas Natural, Endesa, BBVA y Santander. Una vez formalizadas las reglas del juego, únicamente había que empezar a mover ficha. 
Paralelamente a este proceso, muchos países altamente endeudados con la banca privada recurrían a unos organismos internacionales que habían nacido en época de posguerra con la intención de garantizar la paz social a través de medidas de carácter económico. El Banco Mundialy el Fondo Monetario Internacional prometían interesantes inversiones en los Estados  empobrecidos siempre que estos cumpliesen una serie de requisitos. Las “recomendaciones” de estas instituciones apuntaban principalmente hacia tres ámbitos: la desregulación del mercado de trabajo, la privatización de las empresas públicas y la apertura externa (al capital externo, claro). En América Latina, a la asunción de estas recomendaciones se le dio el nombre de Consenso de Washington; de forma general, a estas reestructuraciones se les conoció como Planes de Ajuste Estructural. (Sólo un paréntesis para decir: ¿dónde y en boca de quién he oído yo algo similar hace poco?).

Confluían entonces, hacia finales de los 90,  dos caminos que, a partir de este momento, seguirán la misma dirección: fortaleza (en términos de capital) de las empresas privadas españolas y desnutrición, cada vez mayor, de los sistemas públicos latinoamericanos. El resultado de esta conjunción no podía ser más obvio: el “re-descubrimiento” de América. La privatización (recordemos, recomendada por los organismos internacionales) de las, hasta entonces, empresas públicas americanas servía en bandeja dorada un gustoso plato al que las empresas privadas españolas pronto hincaron el diente. En 1999 Repsol compraba, la antes empresa pública argentina, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), comenzando así su proceso de internacionalización. Le seguirían Endesa, Gas Natural, BBVA, Santander y, en fin, todas y cada una de las grandes empresas privadas españolas.

Hoy, algunos años después, las empresas transnacionales españolas están a punto de cumplir su mayoría de edad. Durante este tiempo han absorbido a las mayores compañías latinoamericanas de sectores estratégicos (esto es, con una capacidad enorme de enriquecer a quien los controle y de empobrecer a quienes los sufren) como los hidrocarburos, la electricidad, la banca, etc. Durante este tiempo han visto incrementados sus beneficios hasta colocar sus ingresos por encima del P.I.B. de muchos de los países en los que operan. Durante este tiempo han recibido miles de denuncias por su violación continua y constante de los derechos humanos y de los convenios laborales de sus propi@s emplead@s, por la destrucción del hábitat natural de cientos de comunidades o, incluso, por su vinculación con grupos paramilitares. 
Durante este tiempo, nosotr@s hemos sido clientes de sus servicios y productos sin interesarnos demasiado por la “historia” de las cosas que consumimos cada día. Y cuando hemos conocido la verdadera cara de estos gigantes nos hemos enrocado asumiendo lo inasumible: “este es el modelo que me ha tocado vivir y, me guste o no, es el único que existe”. 
Hoy más que nunca discrepo profundamente de la tesis de Fukuyama: la historia no se ha acabado, es más, desde mi modesto punto de vista no está haciendo otra cosa que empezar a nacer. El sistema neoliberal totalitarioengúllelo-todo está comenzando a morderse a sí mismo, está royendo sus propias entrañas.  Espero no equivocarme al pensar que nos encontramos en una época de hartazgo de las imposiciones, de vitalidad y pasiones, de renacer de las utopías. Tomo la palabra al escritor y economista José Luis Sampedro quien, refiriéndose  a un conocido lema de mayo del 68, afirmaba: “otro mundo no es posible; otro mundo será”. La historia es cambio, mutación y mutabilidad, de nosotr@s, l@s que hoy somos en el mundo, y de nuestra manera de ser en este mundo,  depende de qué fuerza, dirección y sentido adquiera ese  imperativo vector de cambio.


[1]La libertad de circulación de personas se refería en todo momento a los países de la Unión (y no todos), mientras que se reforzaban los controles fronterizos para impedir la movilidad de los “no europeos”.

Gabriel Arellano
Voluntario de EMIS 

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4 replies added

  1. Sebas 9 noviembre, 2011 Responder

    Muy bueno el artículo, ese cambio que comentas tiene que ser generado por todo el mundo, hay que movilizarse y aportar nuestro granito de arena

  2. Supercalifragi 9 noviembre, 2011 Responder

    El cambio está en marcha, Gabi. Yo también lo noto, se oye, se huele….
    Pero como dice el gran Eduardo Galeano: "la historia es una señora de digestiones bien pesadas". Así que habrá que ir despertando mientras mastica.
    Un beso, Barbas

  3. Anónimo 13 noviembre, 2011 Responder

    Felicidades Gabi, muy buen artículo. Tenemos que mantener la esperanza de que otro mundo es posible y está en nuestras manos hacerlo.

  4. Anónimo 18 noviembre, 2011 Responder

    Gracias a tod@s por los comentarios. El twitter y el facebook se escapan a mi entendimiento, lo siento… :S

    Me gusta bastante la la frase de Galeano. Y estoy de acuerdo contigo, Laura: si las digestiones siempre han sido pesadas, habrá que empezar a decidir qué queremos echarnos a la boca.

    Dejo un enlace para descargar un libro interesante: "Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en Europa", de Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa. Está disponible gratuitamente en la web de ATTAC:
    http://www.attac.es/hay-alternativas-nuevo-libro-de-vicenc-navarro-juan-torres-y-alberto-garzon/

    Un abrazo para tod@s y muchos ánimos!!

    Gabi

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